Insomnio
He perdido la capacidad de
conciliar el sueño y se empieza a obnubilar mi mente por espacios esporádicos,
olvidando en su andar fechas y horas, sí, se ha alterado mi noción del tiempo y
a veces también del espacio en el cual habito.
Se han perturbado mis rutinas y me he visto obligada a cambiar el orden
de mi agenda, he dejado de comer a mis horas habituales, es decir, a mis
deshoras, se me ha constreñido a ponerle fin demasiado temprano a mis
acostumbradas jornadas laborales, como tal camisa de fuerza que me impide
abrigarme en mi refugio, el que siempre me ha brindado una alternativa para
ocupar las horas de mis días y huir del vacío.
Han regresado las pesadillas, esas de las que por tantos días he logrado
escapar cuando me derrumbo en la cama deshecha, extenuada física y mentalmente
por esas extensas e inescrupulosas horas excesivas de trabajo.
He vuelto a sentir intensamente el inquietante peso de la ansiedad de
esos ataques de pánico que asaltan a mi psiquis, si es que se puede llamar así,
porque no es que haya recibido diagnóstico alguno al respecto, confieso que no
he tenido espacio de consultar algún loquero, apenas me alcanzaba el tiempo
para respirar, aunque a veces, hasta eso he apresurado con el afanado paso del
diario vivir.
Mi mente estuvo corriendo muy deprisa, anduvo por aquí y por allá,
buscando salidas para la vida de otros, por cierto, ahora que me detengo a
pensar un poco, no recuerdo la última vez que me senté conmigo misma a
preguntarme si yo también necesitaba soluciones, si existía
algo roto por mis adentros que tuviera que ser reparado.
Solo había tenido tiempo para tomar deprisa aquella taza de café mientras
a duras penas lograba observar la aurora arribar en mi ventana me embalaba como
la jon del diablo porque el alto sentido de la responsabilidad te impone el
reto de estar a tiempo, ya que las primeras impresiones siempre cuentan y si
los actos conservan su constancia se convierten en hábitos de vida, en valores
arraigados, en tu persona misma.
No logro ubicar en mi hipocampo u otro archivo del cerebro el momento
exacto en el cual dejé de escuchar lo que gritaba mi cuerpo, cuando en lo
agitado de mis días el estrés empezó a convertirse en una filosofía de vida, sí
recuerdo aquellos fatídicos dolores que martillaban en mi cabeza, el cansancio
extremo que me invadía hasta a veces no poder sostenerme, las alergias que me
llevaron a la anafilaxia, la rigidez del cuello y los vaivenes de la presión
arterial que llegaron como sorpresa del tan no esperado cumpleaños número 30.
Fue cuando estaba al borde del colapso, que como mofas de la vida, el mundo
se tomó una pausa arrastrándome con él a respirar aire fresco, a plantarme en la
ventana y a ponerle sentido a lo que cada día pasaba ante mis ojos sin aplicarle un ápice de valor.
Me obligó a cerrar los párpados y a mirar mis rincones, esos de los que
siempre he salido corriendo por miedo a encender las luces que pudieran cercenar mi oscuridad, aterrada de encontrar las respuestas a tantas preguntas
puestas en mute para no descubrir la entramada de mi propio sabotaje.
Entonces, al intentar emprender la huida de mí misma, encontré las
puertas cerradas y tuve que enfrentar el hecho de que hacía ya tanto tiempo desde la última vez en que le presté atención a mis exigencias, ya no quedaba ni
siquiera el rastro de quien siempre puso su felicidad por el frente de todo.
Ahí, encaré mis soledades y admito que perdí la cuenta de las tantas
noches de insomnio que han visitado mi alcoba, noches en las cuales permanezco
con los ojos abiertos resignada a no caer en los brazos de Morfeo, luchando
conmigo misma, intentando abrazar mis defectos, esforzándome en sostener una
conversación con esa voz interior confundida y tímida que se asoma diciéndome
cosas que no sabía que sentía, que quería, me habla de quimeras que causan
estupor, de nuevos comienzos, me invita a lanzarme al vacío y a dejar para luego la incertidumbre de si duele o no.
- Liz.



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