Pesadilla
Han regresado mis pesadillas, vuelven en forma de sueños reprimidos y de emociones contenidas. Me hablan del miedo, de las ganas cercenadas de vivir, de mis inseguridades y complejos, de las escasas horas en las que he podido concertar el sueño, de lo atrapada que he estado en mis monotonías.
Me preguntan por mi yo, la del presente, la del pasado, la que apostaba sin pensar en las pérdidas, la que se lanzaba sin temor a romperse las costillas. En medio de mi alucinación constante abro los ojos y sé que ya estoy despierta, pero me descubro tan cansada, sin ansias de pararme de la cama.
De hecho mi cuerpo se siente como un músculo inerte, mas tengo la certeza de estar ahí consciente de mi propia desgracia. Estoy inmóvil, pero creo que he cruzado la línea blanca aunque mi alma no se haya desconectado de mi anatomía. Estoy en pánico, muevo mis manos contra la pared y lanzo los pies en todas las direcciones.
Mi cabeza se balancea agitada al sentir la sombra negra que coloca sus manos en mi pecho como si quisiera hundirme, se propone aplastar el lastre de lo que queda de mí. Pronto pierdo el control, pero lucho con más fuerzas y grito tan fuerte que estoy segura de que puede escucharme toda la humanidad, la que yace dormida en esa madrugada.
Mas nadie viene en mi auxilio porque son mudos mis alaridos, solo están en mi imaginación y es mi cerebro el que me abraza en su juego haciéndome perder toda conexión con mi cuerpo paralizado.
Es cuando esas presencias advenedizas encarnadas en las manos negras que antes empujaban mi pecho se trasladan con agilidad y precisión hasta mi cuello y me aprietan la tráquea. Siento que se va esfumando mi respiración, pero aún tengo mi conciencia lívida y me resisto con unas fuerzas sorprendentes que no sabía que yacían en mí.
Intento seguir gritando, golpeo con ímpetu sin ningún resultado, quiero escapar, pero resulta imposible. Mi cerebro piensa muy deprisa y de pronto recuerdo que no hice mis oraciones la noche anterior, ni la precedente a esta, tal vez era una niña la última vez que las realicé.
En ese momento, las lágrimas salen como cañaverales de mis ojos y siento dolor, cuánto quisiera poder recordar mis plegarias, pero mi mente no las hilvana. De pronto, la sombra negra me abandona y empiezo a ser consciente de mí, aún siento las manos y los pies entumecidos y pesadez en la cabeza, tengo la lengua reseca y el corazón me late a toda prisa.
Entonces, un instinto que es más fuerte que yo me lanza de la cama y caigo al suelo, me pongo de rodillas y sin poder entablar una conversación con Dios, simplemente lloro, como mi único método de liberación. Así descubro que mi pesadilla es tan solo otra parálisis de mi ya entorpecido sueño, una parasomnia más.
- Liz


Te felicito por tu relato, me ha gustado bastante por la forma en como ilaste las palabras.
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