Sin embargo, la pienso.


Era un viernes cualquiera de abril, y el ocaso del cielo abrigaba el balcón, corrían tiempos aciagos en la ciudad, no pululaba ni un alma en las vías, como pronto sería costumbre. Entre tanto, yo estaba sentado con una copa de vino y un viejo habano a medio fumar, que por cierto, ya había olvidado si fumaba por gusto, por moda o para acompañar la soledad.

Entonces lo supe, cuando la música de fondo reprodujo la voz de Sabina, cerré los ojos para sentir como el suave viento de la primavera me traía galopeando de a poco su recuerdo, lo dulce de su olor que tantas veces hice mío, ese aroma, tan compatible a mis sentidos.


Ya sin ser mi propio dueño, me acarició la piel, se apoderó de mí, una vez más, otra vez más, como tantas otras noches iguales a esta, en las que a lo largo de la distancia la sentí tan cerca y real, tan perfecta para mí, que hasta lo imperfecto de sus sombras encontraban la sutil manera de acomodarse en mis espacios.


Aún después de todos estos años su mirada me quemaba la piel y me penetraba el alma, como aquel primer día en que la descubrí entre tantas, con la voz estridente, defendiendo esas ideas locas que le atravesaban la mente inquieta y sagaz, la vi tan segura y dueña de sí, tan indomable y completa, que no necesitaba compañía, sentí como le corría la sangre en las venas, observé la pasión con la que enarbolaba esas doctrinas tan propias, jamás vi un ser igual, que vibrara y me hiciera vibrar.


Meditaba en silencio la estrategia para acercarme, buscaba inquieto las excusas con las que cautivaría a quien  parecía inalcanzable. No obstante, osado al fin, me lancé a mi pesca y con el paso del tiempo fui dejando entre ver el plan, por lo que, cuando en la mesa puse todas las cartas, ya estaba en la red.


Fue tan fácil enamorarme de sus formas, era imposible no admirarla, no amarla a plenitud, descubrí tan rápido cómo me absorbía, su increíble capacidad de hacerme marioneta, reconozco que ese éxtasis me sentaba bien. Sí, ella me hacía bien, me inspiraba a ser mi mejor versión, una que antes de su llegada no pensé que podía ser, me dio confianza y me regaló la felicidad de un corazón exclusivo, viví en esos días un cuento soñado.


De pronto, el mundo dejó de girar, cuando sentí la ponzoña, ya el veneno había calado, no había vuelta atrás, me percaté de su furia y su desdén, se quitó la máscara y aquellas virtudes que como hechizo me llevaron a ella, pronto, develarían que era yo el que estaba en la red. Algo cambió, no sé en qué momento exacto, empecé a ver que el fuego de su mirada nos había convertido en infierno, nos quemamos en nuestra pasión y sin darnos cuenta todo se hizo cenizas.


La descubrí altiva e incapaz de aceptar sus errores, no bajó la guardia para pedir perdón y fue allí cuando me asaltó  la duda y levantó de un tirón la cortina de humo con la que cegó mis ojos, descubrí lo gris de su pasado y se lo lancé a la cara, entonces detonó el monstruo que hasta ese día solo dejaba aparecer de soslayo, me hirió, nos herimos, supe en el acto que la muy descarada era capaz de jurar en vano y encomendarse al demonio de ser necesario para defender sus mentiras, no era fácil desnudar la fachada que había construido para el mundo, la que me hizo poner a sus pies.


Había llegado el momento de irme, de aceptar el final, entonces, vi sus lágrimas y dudé, me aferré a lo poco que quedaba de lo nuestro y pensé que podíamos solucionarlo, la vi bajarse de su pedestal por vez primera, admitirse humana y pedir perdón. Así nos pasaron los días, creyendo en imposibles, queriendo curar heridas que solo el tiempo podría enmendar.


Mas, ya no había manera de hacernos ciegos, el dolor estaba ahí, la decepción se hizo impotencia y apareció la duda, maldita duda, nueva vez, taladrando en la cabeza, sentía la amenaza de que se pudiera repetir el pasado y la mirada insostenible de unos ojos que jamás me pudieron mirar sin el lastre de la vergüenza.


Entonces, me fui, se fue, pusimos distancia, con la triste certeza de que lo único que cargábamos en el corazón roto de ambos, era el amor, el amor que nos dimos, al menos el que di, el que nunca supe si ella dio, y la confirmación que harían los años de que se pudo dar un poco más si no nos hubiese ganado el orgullo.


A casi una década de ausencia, la he vuelto a ver, ya menos altiva y tenaz, un poco más pausada en su andar, cauta en las palabras, fría en su accionar, la miro y detecto que sigue siendo tosca en sus formas, pero, que continúa quemando su mirada. Es cuando una congoja me aprieta el alma al descifrar que aún está intacto el amor, lo noto en la respuesta de su cuerpo, en el casi imperceptible temblor de sus labios y en el diminuto quebranto de la voz. La recorro lentamente y me doy cuenta que el paso de los años no le ha sentado tan bien como esperaba, está cansada y para mi sorpresa me confiesan sus ojos una tristeza que nunca antes vi.


Sin necesidad de hacer preguntas me percato de que jamás se perdonó, que las heridas siguen rasguñándose el corazón, pero, apuesto a ella, sé que encontrará el camino para volver a sonreír, siempre lo he sabido. Entonces, tras unas breves palabras superfluas me despido y ambos caminamos en vías opuestas, sabiendo el uno al otro del amor que esconden las miradas, del que no describen las palabras.


Elegimos retomar el ritmo de la vida, yo aquí, ella allá, pensándola, pensándome, guardando intacto lo que fue y lo que el orgullo dejó inconcluso, y así se lleva el viento las últimas letras de nuestra canción, termino el habano y me sirvo otra copa, esa que bebo a nombre de los dos.


Lentamente voy guardando su aroma para mí, su recuerdo, su sombra que me envuelve, los pongo en un rinconcito intocable del alma donde siempre estarán, ese que he reservado solo para ella. Es cuando, me resigno a saber que hay amores eternos que solo los inmortaliza la afirmación de que fueron y quizás nunca más serán, sin embargo, la pienso.



- Liz.
                                                             

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