Ojos Gatunos
En el
vehemente atisbo de unos ojos tan verdes oliva, tan grises pardos, tan gatunos
e inciertos, delataban las diminutas pupilas negras lo críptico de la historia,
de los incontables días sombríos, de ausencias y lejanías, de las tantas noches
a oscuras y de unos cuantos ocasos en los que nunca durmió el sol.
En el aire altivo de sus formas, que le hacían imparable, en el carácter indomable o en aquella expresión tosca al amar, refugiaba el quebranto de ver la vida pasar, con unas cuantas penas y otras tantas glorias, con ese ingrato desdén de no asignarle a nada valor.
Así trascurrieron los días, corriéndole al ruido interior que le reclamaba constantemente guerrear batallas por las que no aceptó jugársela un poco más; Esas, libradas en campos minados que al ser traspasados le llevarían a conquistar los sueños que en el alma y la piel llevaba tatuados; Aquellas, por las que nunca se aventuró a levantar bandera blanca para obtener la paz.
En la impotencia de la inercia de sus actos, pecó por omisión y se hizo esclava de sí misma, de las cadenas que le impusieron la duda y la tormenta de la temible pregunta que con impetuosidad le quemaba el alma, cuando al cerrar los ojos cada noche le asaltaba la irresolución a la conciencia de cómo hubiese cambiado la historia tan solo una acción diferente.
¿Dónde estaría ahora de haber tomado la vía de la izquierda? En lugar del sendero opuesto, en aquel camino, antes incierto, hoy ya su realidad, su presente, su felicidad y ¿Por qué no? A veces, también, su desdicha.
En esas madrugadas de insomnio, en donde con ímpetu le hostigaba la enorme disyuntiva del quizás y el peso de la cuestionante de dónde estarían plantados sus pies de haberlo hecho de un modo distinto o en qué cielos volarían hoy libres sus alas.
Sin embargo, ya todo estaba escrito, ella misma con pluma y papel se encargó de redactar con sus puntos y comas, lo que por mandato y sentencia habría de ser.
Pero, ¿Qué sería del final del cuento si nada estuviese escrito con la condena perversa del destino? ¿En qué mares navegaría de convencerse a sí misma de que puede arrancar las hojas, quemar las letras, sacudirse el polvo y empezar a escribir de nuevo?
¿Y si fuera posible ser más de lo que se limitó a ser? ¿Qué tal si aún no se había escurrido el tiempo entre sus dedos y le quedaba arena al reloj? ¿Sería digna de un nuevo despertar?, ¿Y si tal vez, tan solo tal vez, los ojos gatunos, pudieran ser más oliva y menos pardos? Aun no hay certezas, pero, podría ser…
En el aire altivo de sus formas, que le hacían imparable, en el carácter indomable o en aquella expresión tosca al amar, refugiaba el quebranto de ver la vida pasar, con unas cuantas penas y otras tantas glorias, con ese ingrato desdén de no asignarle a nada valor.
Así trascurrieron los días, corriéndole al ruido interior que le reclamaba constantemente guerrear batallas por las que no aceptó jugársela un poco más; Esas, libradas en campos minados que al ser traspasados le llevarían a conquistar los sueños que en el alma y la piel llevaba tatuados; Aquellas, por las que nunca se aventuró a levantar bandera blanca para obtener la paz.
En la impotencia de la inercia de sus actos, pecó por omisión y se hizo esclava de sí misma, de las cadenas que le impusieron la duda y la tormenta de la temible pregunta que con impetuosidad le quemaba el alma, cuando al cerrar los ojos cada noche le asaltaba la irresolución a la conciencia de cómo hubiese cambiado la historia tan solo una acción diferente.
¿Dónde estaría ahora de haber tomado la vía de la izquierda? En lugar del sendero opuesto, en aquel camino, antes incierto, hoy ya su realidad, su presente, su felicidad y ¿Por qué no? A veces, también, su desdicha.
En esas madrugadas de insomnio, en donde con ímpetu le hostigaba la enorme disyuntiva del quizás y el peso de la cuestionante de dónde estarían plantados sus pies de haberlo hecho de un modo distinto o en qué cielos volarían hoy libres sus alas.
Sin embargo, ya todo estaba escrito, ella misma con pluma y papel se encargó de redactar con sus puntos y comas, lo que por mandato y sentencia habría de ser.
Pero, ¿Qué sería del final del cuento si nada estuviese escrito con la condena perversa del destino? ¿En qué mares navegaría de convencerse a sí misma de que puede arrancar las hojas, quemar las letras, sacudirse el polvo y empezar a escribir de nuevo?
¿Y si fuera posible ser más de lo que se limitó a ser? ¿Qué tal si aún no se había escurrido el tiempo entre sus dedos y le quedaba arena al reloj? ¿Sería digna de un nuevo despertar?, ¿Y si tal vez, tan solo tal vez, los ojos gatunos, pudieran ser más oliva y menos pardos? Aun no hay certezas, pero, podría ser…
- Liz.



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