Avioncitos de Papel


En la esperanza ya marchita de ver un nuevo amanecer, el indescifrable iris de unos ojos buscaban el azul del cielo en su mirada, esa mirada ya pausada, ya cansada, tan fatigada por el inevitable paso de los años que no paran, que no se detienen a esperar, que no avisan cuándo es el día del final.

En los quilombos de la vida y en los soslayos del recuerdo de una infancia feliz, jugando con los primos a volar avioncitos de papel, sin la trampa de esta tecnología que absorbe y que crea robots inertes sin historias que contar en el futuro.


En esa mañana quieta, el viento soplaba cauto y le acariciaba la piel, trayendo consigo el desconcertante recuerdo de su peor adiós, aquel que no pidió, el que jamás esperó, el que cambió para siempre los días por venir, las risas, la vida.


En los sueños no soñados y en aquellos por soñar, las manos arrugadas de un ángel espera volver a estrechar, fantasea con los abrazos pendientes y con que reciba los te quieros que ha enviado al cielo en avioncitos de papel, los besos, las charlas, las chanzas que no volverán.


En la intacta imagen de la niña traviesa que fue, en el pensamiento de aquellos, sus mejores años, le lleva tatuado, en la esperanza de encontrarle otra vez al final de los días, cuando se cumpla la promesa de cruzar las aguas del río y obliguen al alma a abandonar la piel.


En aquel cálido abrazo con promesa de vida, en la sonrisa que hace años se apagó, en el azul intenso de esos ojos y en la pureza de su amor, en las vivencias que el tiempo no borró, porque con la muerte se esfumó la carne, pero, lo que fue, lo que dio, lo lleva amarrado en su interior.


En el frío que en invierno caló en el corazón, en las lágrimas del inevitable adiós, en las alegrías que trae consigo el rocío y en la soledad que llega a acompañar el ocaso del sol, en la mirada triste de los hijos y los nietos al recordarle, en su ausencia los domingos y en la Navidad, en la aflicción de aquellas velitas que ya no puede apagar cada 3 de septiembre.


En la agitada oración de las noches o en el sonido que conserva de su voz. En cada paso, en cada instante, en cada año, durante 11 años, cierra los ojos y al abrirlos aún no acepta ese adiós cruel y por eso al abuelo, aún le envía al cielo te quieros, en avioncitos de papel.



- Liz.


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